Hoy me he acordado de mis amigos que se dedican o se han dedicado a la
enseñanza, profesores de cualquier cosa: de historia, de literatura, de
catalán, historia de la joyería, danza, educación física, monitores de
buceo, de escalada…
Viaje sin mapas
Son las siete y hace frío. Tengo que abrigarme más. Se
agradece porque el temor de este viaje era el calor.

Las montañas en el
horizonte refrescan el paisaje
De Val a Maqueda cambia la sensación. Gredos, en el
horizonte, cambia rotundo el paisaje y, en cierto modo, refresca. También ha
cambiado el suelo, ahora es de tierra. Bueno, es un decir porque hay gravas de
todos los tipos que machacan los pies del caminante. En un momento, una
gravilla puntiaguda y afilada convierte cada paso en un quejido de dolor.
Parece puesta a mala leche. Me imagino a un concejal tomando la decisión: ¡Que
se jodan los del Camino! Pues no quieren penitencia ¡Ahí la tienen!
Maqueda es interesante. Aquí, Teresa Enríquez, la loca del sacramento, también fundó
hospital o convento. La patrona, Nuestra Señora del Otero conocida como de los
Dados. Original mezcla romana, árabe y renacentista. En un bar en el que paro
aparece el caminante que vi en Rielves. Apenas un saludo, suficiente para saber
que es francés y que no tiene ganas de hablar. Salgo, rodeo un rollo y tomo el
camino hasta Escalona, doce quilómetros de buen piso y magnífico paisaje. Cerca
de Escalona comienzan las encinas. Cruzo por un arroyo escaso de agua (el arroyo
del Borrico tal vez) que alimenta un bosque a sus orillas. En el barro veo las
huellas ajedrezadas del caminante francés que me precede y me las aprendo por
si en otro momento me sirven para algo.
Danza aérea
En este último tramo, un reactor me entretiene interpretando
una danza, entre el estruendo y el silencio, que me hipnotiza: contra el fondo
de montañas el avión es invisible, solo el ruido, luego vuela a mi derecha
pegado al horizonte y de pronto se empina vertical, sube al cielo con un rugido
largo y, cuando casi le pierdo de vista, se calla y se deja caer en silencio,
trazando una diagonal, de vuelta a las montañas. Dejo de verle y oírle, una
golondrina cruza el camino y la confundo con el avión. Al rato vuelve el
estruendo, aparece a mi derecha, pegado al horizonte y se empina… Vuelta a
empezar. La danza aérea, el buen camino y el paisaje abierto a Gredos han hecho
que me olvide del dolor de los pies.
Escalona también merece una visita. El castillo y su
entorno, la plaza, las murallas. Visito la iglesia de San Miguel Arcángel en la
que unos niños preparan su comunión, dirigidos por un cura patoso que les hace
cantar cancioncillas de esas de curas. En un bar de la plaza pido tal cantidad
de comida para merendar que me la tienen que poner en una tartera para
llevármela para la cena. Con los camareros bromeo y nos reímos por mi ansiedad.
Recuerdos del
Lazarillo de Tormes
Maqueda y Escalona recogen algunas de las peripecias del
Lazarillo de Tormes. Esa en la que el Lazarillo hace que el ciego se estrelle
contra un pilón y que nos daba tanta risa a los niños, solidarios y cómplices
por las desventuras del rapaz.
El Lazarillo me ha recordado a todos los que nos dedicamos a
la enseñanza. Hoy el ciego soy yo.
2ª jornada. 5 de junio
de 2019, miércoles. 25 quilómetros
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