Dedicado a mis amigos Conversos, dispersos por el mundo.
El tiempo que tarda
en pasarse por agua un huevo
Para empezar el camino: bosque de encinas. Me abrazo a una y,
para medir el tiempo que estoy abrazado rezo un
Padrenuestro. Es una oración, pero también el tiempo que tarda en hacerse un huevo
pasado por agua. No es la primera vez que, en un momento de abandono, reacciono
con una oración. En una de las iglesias que he visitado creo que también he
hecho algo parecido a rezar. Tal vez fue un vahído, una caída de las defensas.

Después de Herrandón de Pinares, que tiene puente bonito y
una bonita iglesia, hay una subida a pico y un largo barranco que va subiendo
hasta el Puerto del Boquerón, a 1300 metros. En el camino hay muchas vacas, que
pasan de mí y yo de ellas. Pero a una que lleva pendientes, le interpreto un
concierto de armónica y muda sus ojos vacunos, mansos, en sorprendidos. Pasado
el puerto, todavía subo unos metros más y estoy en el punto más alto del viaje;
aproximadamente en la mitad del camino a Palencia.
Tornadizos es lo
mismo que conversos

Por unas navas peladas y tranquilas comienzo a bajar a
Tornadizos de Ávila. Tornadizos es el nombre de los pueblos repoblados con
conversos. Creo que lo de repoblados es un eufemismo, lo habitual es que fueran
el gueto a donde, los cristianos viejos y poderosos, expulsaban a los mozárabes
y de paso se quedaban con lo que tuvieran. A mí lo de los conversos me recuerda
las Conversas Gallegas y la Orden de Conversos (de Conversar y de convertidos,
tornadizos) que fundó Jose Luis Salvador y estamos dispersos por el mundo.
En el bar donde descanso, entra Michel y tomamos juntos un
café. Yo me voy antes de que él termine. Nos hemos acostumbrado a no hablar,
pero nos reconforta nuestra presencia. Él es más inteligente para distribuirse
las jornadas: sale más tarde y descansa más. Desde Tornadizos de Ávila ya se ve
Ávila de los Caballeros (hay que ver como les gusta poner aquí apellidos a
todos los lugares). Por camino ganso, a buen paso llego al Albergue Tenerías,
de la Asociación del Camino de Santiago. Con lavadora, limpio y llave para mí.
Estoy solo al principio, aunque luego llegará Javier, un curita de unos treinta
años. Al irme dejo un donativo de diez euros. Dos lavadoras he puesto y me
llevo toda la ropa limpia.

Paseo por Ávila con la cabeza levantada mirándolo todo,
parándome muchas veces y queriéndome parar más. Este no es un lugar que el
caminante pueda conocer de paso. Es el primer lugar al que vine de excursión en
mi infancia, tal vez siete años, con la catequesis de Santiago el Mayor de
Toledo y, aunque no sé cuánto hay de cierto en mi memoria, guardo algún
recuerdo: una fuente, pilón más bien, y una plaza que hoy no reconocería. Es
domingo y la ciudad está llena de turismo impenitente, temeroso de caer rendido
en uno de esos lugares para el turismo en los que se practica aquello tan
hispano del “ave de paso, cañazo”. El resultado es que están llenos los Burger
o los Mil Montaditos y escasos los demás establecimientos. Ya veremos cómo o
por qué razón volveré por aquí.
En un bar, una franquicia de esas de las que abomino, termino
un poemita, un haiku, dedicado al cantueso.
CANTUESO
No te
acerques,
para olerlo
basta
mirar su
color.
6ª jornada. 9 de junio
de 2019, domingo. 20 quilómetros
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