A todos los que ven belleza en cualquier detalle cotidiano, en los
paisajes que frecuentan y en los caminos que hacen.
Hace mucho frío a la salida de Ávila. Me paro en las Cuatro
Columnas para ver el amanecer de la ciudad, aunque hoy está nublado y no podré
ver el sol iluminando las murallas. En el camino a Narrillos de San Leonardo,
con Javier pisándome los talones, empiezo a ver unas señales blancas de las
Rutas Teresianas: ¡qué inventos! Nadie hará ese camino —pienso—. Me alcanza
Javier y caminamos juntos un rato. Él está haciendo la Ruta Teresiana hasta
Alba de Tormes. Como es joven y zanquilargo, después de hablar un ratito, le
dejo que siga.

A Cardeñosa llego con Javier, a quien he alcanzado al tomar
un atajo, y en un bar nos comemos un bocadillo estupendo y baratísimo. Se lo
decimos al dueño y nos dice que eso es lo que vale y que no es legal cobrar más.
Salimos de Cardeñosa por un camino que lleva al cauce de un río y está lleno de
vegetación entre lajas de piedra, y de golpe se acaba toda vegetación silvestre
y aparece la más tópica tierra de Castilla, plantada de cereales. La comarca es
la Moraña, estamos muy altos y las dimensiones son infinitas.

No hay nada vertical en el paisaje, ni árboles, ni montañas. La única referencia vertical son unos cipreses a lo lejos y las cruces esbeltas que hay de tanto en tanto. En el camino hay un castro cercano de un pueblo de vetones de la edad del hierro, las Cogotas, Aquí aumenta mi sensación de falta de tiempo: debía visitar este castro.

No hay nada vertical en el paisaje, ni árboles, ni montañas. La única referencia vertical son unos cipreses a lo lejos y las cruces esbeltas que hay de tanto en tanto. En el camino hay un castro cercano de un pueblo de vetones de la edad del hierro, las Cogotas, Aquí aumenta mi sensación de falta de tiempo: debía visitar este castro.
Una reunión multitudinaria y un poema improvisado
En Gotarrendura nos reunimos en la misma habitación, en dos
literas bastante juntas, Javier, Phillippe (que es el verdadero nombre de
Michel) y yo. Vienen dos más que se alojan al lado: un matrimonio que sigue
también la Ruta Teresiana. El pueblo se moviliza para atendernos. El bar está
cerrado y se abre para nosotros. A las cinco nos darán de comer. Mientras
esperamos en la plaza se nos vienen encima todos los pacientes de una
residencia de discapacitados mentales que nos asedian con preguntas nada
simples. Están algo alterado, sorprendidos porque les hemos ocupado su banco a
la sombra de todos los días. No hay que dejarse engañar por su gesto
descompuesto, la plaza ha tomado una vida insospechada y alegre en este pequeño
pueblo.
Yo tomo notas para empezar a hacer haikus a los árboles. Encinas: alimenticias, femeninas (entre el roble, la carrasca, el algarrobo, el olivo…), nutricias, equilibradas, sombra y buena madera. Uno me pregunta que qué escribo y le digo que una poesía a los árboles y se me amontonan alrededor queriendo escuchar mis versos. Se dan por satisfechos cuando improviso rimas al estilo de Gloria Fuertes: Las encinas asombran porque dan sombra, dan madera buena para calentar la cena y bellotas… ¡Pa los guarros! Dice uno y ríen todos.
Gotarrendura es la tierra natal de Teresa de Jesús. Al menos
de sus padres y hermanos. Para Javier un hito en su ruta. Intenta ver la casa
familiar y el palomar que fue metáfora de los conventos que la monja renacentista
iba fundando: “…comenzando a poblarse
estos palomarcitos de la Virgen Nuestra Señora”.
Por fin comemos: dos navarros, un francés, un madrileño y
yo; alegres y agradecidos a pesar de la hora. La cocinera y alma del bar, es
una rumana, sin ningún acento, que habla varios idiomas y se entiende bien con
Phillippe. Apenas hemos comido y hemos concertado la cena a las ocho y media.
El desayuno a las siete y media de mañana. Antes de dormir consigo hilar unas
ideas sobre las encinas en un haiku.
Encina
Tu fruto sacia
eres madre feraz
tu abrazo calma.
|
Dehesa
Lugar vallado
soñado y distante
placer iluso.
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7ª jornada. 10 de
junio de 2019, lunes. 22,4 quilómetros.
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